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MICAELA TÁVARA EN LA REBELIÓN DE LAS POLLERAS

FLOR PUCARINA Y LA OTRA REBELIÓN DE LAS POLLERAS

A propósito del unipersonal de Micaela Távara

Educador, hijo, hermano, amigo

ALDO LLANOS MARÍN

Publicado: 2014-12-01

La noche es fría pero sobrevive un calor latente entre los asistentes. La ciudad se va adormeciendo, como todos los domingos por la noche, pero Micaela Távara contiene todas sus energías recostada en un extremo del escenario. La función está por comenzar.  

Vidas en paralelo

“La rebelión de las polleras” es un unipersonal escrito y protagonizado por la joven actriz nacional Micaela Távara Arroyo (ENSAD), en la que hace un repaso existencial en torno a la vida de su abuela: Rosa Encalada Hurtado y la cantante vernacular Leonor Efigenia Chávez Rojas: “Flor Pucarina”. Las similitudes entre ambas se centran en su condición de mujeres provincianas que viajan a la capital en búsqueda de un futuro mejor. El punto de llegada a Lima es La Parada que en ese entonces era el puerto social de todos los migrantes andinos de mediados del siglo XX.

Por esos años Lima estaba dejando de ser una añeja ciudad criolla, con actitudes de un lejano pasado aristocrático, para ser una ciudad mestiza debido a la gran migración provinciana. Sin embargo este encuentro fue muchas veces ocasión de desencuentros dada la discriminación frente a todo lo que no se viera como “limeño”, entendiendo esto como un conjunto de características culturales conjugadas con rasgos físicos europeos.

La puesta en escena es sencilla pero impecable y la obra en su conjunto tiene momentos excepcionales que quizás pudieron estar mejor cohesionados. Da la impresión de ser una obra fragmentada con espacios por llenar. El paralelismo entre doña Rosa Encalada y Flor Pucarina es muy original, quedando claro el vínculo profundo de doña Rosa en su estructura familiar y en Micaela en particular, pero me parece que no se profundizó demasiado en la biografía existencial de Flor Pucarina más allá de buscar generar posiciones políticas determinadas. Por eso mismo la inclusión de “Flor de Retama” en la obra me pareció innecesaria.

Pero esta obra tiene el gran mérito de develar implícitamente una cotidiana realidad: la metafísica de lo concreto, ya que parafraseando a Rodrigo Montoya, lo popular no es necesariamente lo “bueno” sino la realidad simple y sus contradicciones siempre abiertas a la trascendencia.

Metafísica de lo concreto

En “La Rebelión de las Polleras” hay tres momentos excepcionales: El inicio de la obra, que representa la gestación y nacimiento de Flor Pucarina como persona humana y mujer; el simbolismo de la papa, como figuración de las mujeres que marcan la existencia personal; y el encendido de las velas, que muestra el anhelo de existencia más allá de esta vida material.

1.- La obra se inicia con Micaela recostada en el fondo del escenario cuando de pronto empiezan a sonar latidos de corazón. La actriz gira para ponerse boca arriba y empezar a mover las piernas como pedaleando. Está desnuda y está completamente oscuro. ¿Qué puede ser más maravilloso que el origen de la vida?, dichosa aparición del ser en un modo de ser: el femenino. Micaela se levanta, camina lentamente hasta dar un gran paso, símbolo gestual del alumbramiento, dicha que solo una mujer puede llevar a cabo.

Leer la femineidad, relacionando la desnudez con la gestación, es evitar de modo concreto una lectura política del cuerpo femenino, ya que un análisis de este tipo la agota al pretender tener la última palabra. Este es un gran acierto de Micaela, ya que relacionando desnudez con gestación se reconoce la profundidad e inagotabilidad del sexo femenino como algo que es y no como un mero constructo social.

2.- El simbolismo de la papa es magistral ¿Qué puede representar mejor desde una cosmovisión andina a la mujer? En esta escena la papa representa para Micaela a cada mujer que marcó su recorrido vital. Ella las nombra mientras las va separando de la ruma en la que se encontraban originalmente y es que dotar de un nombre a una mujer es apostar por su unicidad y su vocación, es reconocer que una mujer que viene al mundo es una novedad radical en el universo, que no hubo, ni hay, ni habrá alguien como ella, es decirle: “realmente es bueno que existas”.

Pero aún hay más. La papa como símbolo femenino crece y se desarrolla en la oscuridad de las entrañas de la tierra, símbolo femenino por excelencia: la pacha mama. Esta es una imagen poderosa: la papa que vive, dándonos su belleza en esa flor lila, la flor de papa, y la papa que muere, dándose como alimento a los seres humanos. Aquí se encuentra el símil con la femineidad que nace, crece y vive en otra femineidad. De aquí se colige el horror que es el aborto de una mujer a otra mujer, ya que ninguna pacha mama arrojaría de sus entrañas a ninguna papa así se llame cigote, embrión, feto o Micaela.

3.- Otro gran momento de la obra es el encendido de velas en media luna alrededor de ella que está de rodillas con la pollera desplegada. Coincido con Raúl Silva de Arte Manifiesto cuando dice: “La obra es, en conjunto, un desplazamiento entre la narrativa casi anecdótica y horizontal, y por otro lado procesos simbólicos casi rituales” y es que no deja ser simbólico encender siete velas conmemorativas -por su abuela, por Flor Pucarina, por los 70 000 muertos del terrorismo, por los 33 muertos en el Baguazo, por su tío Eloy Alberto, por nosotros los asistentes y por la familia Távara – Arroyo-, y ponerse de rodillas en medio del silencio y la penumbra. Una lección de contemplación ante el misterio de la muerte y la apertura de la vida eterna.

Es en este momento cuando la pollera, en actitud reverente, muestra su mayor expresividad, más allá de una función estética o utilitaria. Por lo tanto, tal y como lo ha develado Micaela Távara, esta falda larga llena de encajes y bordados forma lo femenino-andino, en el sentido fuerte de la palabra.

Esto es evidente. Este es el ejemplo de Flor Pucarina y la Princesita de Yungay, de Dina Paucar y Sonia Morales, de las Hermanas Zevallos y de Juliana Urcuhuaranga. No se concebiría como expresión de lo femenino-andino a una folklórica con pantalones porque eso sería in-formar. Si no, pregúntenles a los travestis que bailan Chonguinada en el Gay Pride de Lima si se atreverían a deconstruir esta prenda.

FLOR PUCARINA JUNTO A SU MADRE EN POLLERAS

Flor Pucarina

Leonor Efigenia representa sin lugar a dudas el arquetipo del migrante andino que nunca logró adaptarse al “nuevo mundo” desde la intimidad (ser con uno mismo). La causa fundamental de este proceso incompleto no se encuentra en la discriminación racial y cultural sufrida ni en cuestiones de sexo y machismo aunque lo hubiere, apuntar en estas direcciones es caer en un sociologismo que lamentablemente nunca deja ver más allá del discurso político al ser un reduccionismo antropológico.

Ella no iba a estar bien así migrara al “País del nunca jamás” ya que por dentro su ser personal estaba debilitado tal como lo evidenciaban las manifestaciones de su modo de ser. Tal vez una de las cosas que más me sorprendió fue descubrir por boca de personas muy cercanas a ella -y que le conocieron en la vida que se vive lejos de los escenarios-, a una mujer retraída, tímida y reservada, imagen bastante lejana de la impetuosa mujer de voz rasposa que profería cerveza en mano “Yo chupo con mi plata”. Es obvio que cierta prensa deuterocanónica pretende enmarcar ese aspecto visible, pero a mí me interesa la persona, en toda su inabarcabilidad.

¿Cuál era su mayor deseo? Pues simplemente el mayor de los anhelos humanos: Amar y ser amada. Es este el centro de gravedad alrededor del cual orbitan todos los momentos de su biografía vital. Tuvo muchas parejas sentimentales lo que refleja un corazón que busca aquel Amor que pueda por fin llenar todo sus vacíos, aquel Amor en el cual poder sostenerse cuando se desataran sus demonios internos, aquel Amor que la consolase cuando se le abrían de par en par las heridas del alma.

Tal como lo confirmó “él”, cantante vernacular de menor suceso con el que se casó, Flor Pucarina reconoció su vocación al Amor y en el corazón de su pueblo quiso ser todo para todos. Jamás buscó esa gran mentira de diván que dice que uno ama “buscando la autonomía del yo y su realización” (egoísmo), sino que entendió que más allá de sus actitudes autodestructivas, amar significa darse, de dar el ser. Y esto es recíproco. Donación mutua y complementaria que la empujó a amar a un hombre (aunque mal pague), que la empujó a amar a su pueblo.

Pero Flor Pucarina tampoco se quedó atascada en una visión contingente de la realidad sino que siempre tuvo una sed de trascendencia por la vía religiosa.

“Amo a Dios” le dijo a Benjamín Torres Salcedo en una entrevista por sus 24 años como interprete y era común verla todos los 8 de septiembre en Sapallanga para ver a su “madrecita”, la Virgen de Cocharcas. En esa fiesta, hoy proclamada como Patrimonio Cultural de la Nación, se conmemora la Natividad de la Virgen María, es decir su “cumpleaños”. ¿Cómo no van a llegar hasta ese distrito todos sus hijos del Valle del Mantaro? ¿Cómo no reencontrase con sus paisanos para “celebrar” a la “madre” de los wankas? Precisamente siempre iba porque había comprendido el valor divino de lo humano, de las raíces, de las tradiciones, de las fiestas.

Mientras esperaba el trasplante de riñón (que jamás llegó) en el hospital Rebagliatti, nunca se quitó el escapulario de la Virgen de Cocharcas y siempre miraba el crucifijo que estaba en la pared sobre la cabecera de su cama… “Madre he ahí a tu hija, Leonor, he ahí a tu Madre”

LEONOR EFIGENIA "FLOR PUCARINA"

Juliana Urcuhuaranga Sapaico y la otra rebelión de las polleras

En el año 1923 nace la pequeña Juliana en el distrito de Viques, provincia de Huancayo en el departamento de Junín. Única mujercita entre dos hermanos varones: Abel y Froilán, era la linda wawita de sus padres: Hilario Urcuhuaranga y Egidia Sapaico, quienes siempre mantuvieron en casa un ambiente festivo, lleno de danza, música y risas honestas.

El distrito de Viques es famoso porque junto a Pucará es el lugar en dónde se inventó el Huaylarsh, danza rítmica y festiva de origen sincrético, que nació para celebrar los carnavales, el fin de las labores agrícolas y cerrar el tiempo ordinario litúrgico ante la proximidad de la cuaresma.

En casa de los Urcuhuaranga Sapaico, como en otras casas de Viques, siempre hay alguien bailando en alguno de los centenarios conjuntos de Huaylarsh del distrito y Juliana no era la excepción. Su agilidad, coquetería y espigado cuerpo es la combinación perfecta para ser disputada por numerosas agrupaciones pero ella prefirió quedarse en el “Santo Toribio de Viques” debido a que su madre Egidia y su abuela Natividad ya habían engalanado con sus zapateos y repiques el historial del conjunto santo.

En los momentos de celebración familiar siempre se oía el prodigioso violín del afamado tío Zenobio Dagha Sapaico, quién llegaba desde el vecino distrito de Chupuro para alegrar las reuniones e intercambiar historias. Prolífico compositor con cerca de novecientos temas registrados, Zenobio Dagha es el máximo compositor de la música vernacular del centro y su estatua se erige hoy, humilde pero portentosa, en el parque Identidad Huanca de Huancayo.

EL AFAMADO TÍO ZENOBIO DAGHA SAPAICO

Sus dos hermanos, Abel y Froilán, ya radicaban en la capital trabajando para una familia japonesa que los trataba muy bien debido a que los Urcuhuaranga Sapaico fueron de las pocas familias que escondieron  japoneses cuando el gobierno de Manuel Prado ordenó su detención, la confiscación de sus bienes y la deportación.

Para ese entonces Juliana o “Julia” ya estaba casada con Augusto Marín Balbín, un joven y recio viquesino que había viajado a Lima para ser suboficial de la Guardia Civil con quien tuvo sus cuatro hijas. Este le había propuesto migrar a la capital.

“En Lima no podrás usar tus polleras”, le advirtieron unos, “la gente rica nos trata mal”, le dijeron otros. Y no fue. Al menos no de forma definitiva.

Julia nunca se “alimeñó” cuando vino a Lima. Jamás dejó de usar sus polleras ni dejó de hablar en quechua en público. Prefería rebelarse si se trataba de preservar su identidad cultural. Oronda caminaba con su sombrero wanka por las calles de La Victoria que en ese entonces crecía alrededor de La Parada, el cerro el Pino y el cerro San Cosme. Pero solo había alguien frente a quién no podía resistirse, el único que en Lima la hacía agachar la cabeza y arrodillarse: “ese Jesús”.

No se cómo ni quién fue la persona que le enseñó esto, pero su fuerza y su paz en Lima la encontraba en su trato personal con Dios. Todos los domingos iba a Misa en la avenida Aviación, en la capilla del “Hogar de la paz”, actual casa y albergue de las monjas de la Madre Teresa de Calcuta. Esta capilla siempre estaba llena de migrantes, la mayoría del centro del país. Allí estaban los Marín Urcuhuaranga, los Alanya, los Porras, los Zevallos. Allí estaba Leonor Efigenia quién vivía a pocas cuadras en un segundo piso de la avenida aviación y todos los que gravitaban en torno al Mercado Mayorista y las funciones de música vernacular en los coliseos.

Pero aún así la situación social de los migrantes era tensa. La idea de matricular a las niñas en un Liceo privado les jugó una mala pasada. Podían soportar la discriminación en carne propia pero no hacia sus retoños. El sargento Augusto Marín Balbín, destacado al resguardo del cuerpo diplomático, no soportaba ver las enormes desigualdades económicas y mucho más la discriminación. Por contestatario lo mandaron por un tiempo como guardia montada en la sierra sur. El remedio terminó siendo peor que la enfermedad. Lo que vio en el sur andino fue demasiado para él, los gamonales y terratenientes establecían verdaderos feudos a costa de los indios y la pasividad de muchos miembros del clero. Allí conoció la obra de Arguedas, allí entabló contacto con el socialismo. Cuando regresó de su “exilio” ya era otro.

Desde que tengo memoria de él siempre hablaba de Marx, Lenin y Mariátegui además de todo lo que significara una reivindicación social. Sus contactos con Jorge del Prado y la guardia vieja del PCP siempre fueron evidentes. La revolución y el triunfo del proletariado era su consigna, la lucha de clases era su bandera. Dada su reconocida vehemencia fue captando seguidores, empezando por casa. Todas sus hijas, estudiantes en las mejores universidades nacionales, levantaban el puño izquierdo hacia arriba y participaban, unas más que otras, de las marchas y plantones que se organizaban desde la UNI, la UNMSM y la UNALM. Una de ellas fue más lejos aun y formó parte de las primeras mujeres que iniciaron el centro feminista Flora Tristán, participando de muchísimas reuniones en el país y en el extranjero. Pero nuevamente una rebelde en polleras no eligió ese camino y decidió seguir fumando el “opio del pueblo”.

Es extraño. Tenía muchísimas razones para llorar, para reclamar y reivindicar. Por ella y por los suyos. Pero cuando en la vieja casa de la avenida México todos se indignaban por obra y gracia de un análisis dialéctico de la realidad, ella solo sonreía y miraba su crucifijo, miraba a “ese Jesús” y rezaba en silencio.

Su rebelión fue sin aspavientos, se lamentaba por el camino que tomaba Leonor Efigenia mientras sostenía en sus manos uno de sus discos editado por el sello El Virrey. Siempre fue rebelde porque ni siquiera en los matrimonios de sus hijas quiso usar una falda al uso “occidental”. Siempre iba y venía de Huancayo con sus polleras. Siempre se sintió orgullosa de ser huancaína. 

Ya ha pasado mucho tiempo de eso. Ahora solo me queda su recuerdo. ¿Cómo olvidarla recibiéndome en Huancayo cuando escapaba de Lima en mis numerosas crisis de veinteañero universitario e incomprendido?

“¿Vamos a la feria dominical?”, “¿vamos a la Era a recoger chala?”, “¿quieres sopa de rana?”, “¿preparo cuy para el domingo?”…

“Mamá Julia, ¿dónde estás?” (Entro a su cuarto haciendo sonar el piso de tablones de madera y la encuentro en silencio. Me mira, sonríe y vuelve a mirar a su crucifijo, a “ese Jesús”).

Su rebelión fue silenciosa pero triunfante. Ante su ataúd están sus cuatro hijas y su viudo. El socialismo de todos es ahora solo un recuerdo y el trato hacia los migrantes del centro ha mejorado muchísimo. Todas las hijas han formado sus familias e increíblemente son de las más fervorosas que el pueblo de Viques haya otorgado. Por la rebelión de Juliana Urcuhuaranga Sapaico jamás negamos nuestros orígenes y jamás olvidamos nuestra cultura. Por su rebelión decidimos no poner nuestras esperanzas en utopías políticas sino en el Único que transforma la vida de las personas.

¿Quién fue Juliana Urcuhuaranga Sapaico? Mi adorada abuela: Mamá Julia.

JUNTO A MI ADORADA ABUELA A MIS 21 AÑOS

¿Sola?, ¡Nunca sola!

“Dejo una nota en mi tarjeta, cariño para ti sola

Porque mañana me ausento a tierras muy extrañas

El tiempo se encargará pronto de unirnos para siempre

No habrá barreras en el mundo que puedan separarnos”

Noche de Luna – Carlos Baquerizo, en la voz de Flor Pucarina

Tal y como he desarrollado este análisis, me permito afirmar que esta obra apertura interesantes e insospechadas perspectivas, por eso Micaela tiene razón cuando afirma: “… la “Rebelión de las Polleras” no podría ser desde mi punto de vista una sola cosa porque Micaela Távara no es una sola cosa”. Cierto Micaela, tú nunca serás una sola cosa, tú siempre estarás siendo aquello que deberías ser para llegar a ser quien realmente eres.

MICAELA TÁVARA EN "LA REBELIÓN DE LAS POLLERAS"


Escrito por

ALDO LLANOS MARÍN

Disfrutando del placer de buscar y alcanzar la verdad.


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